19 Jul 2016

¿Y acabaremos, por fin, con la epidemia de obesidad?

Autor: 
Enrique Jacoby1

Enrique Jacoby[1]

Hay preguntas –buenas preguntas en realidad— que sorprenden y uno responde lo mejor que puede la primera vez que se las formulan, pero en los meses y años siguientes, regresan a inquietarnos. Una de esas preguntas me la hizo un estudiante de salud pública en una universidad de Buenos Aires, hace casi una década: ¿Por qué, si sabemos tanto sobre la epidemia de obesidad y sus causas, las tasas de obesidad no dejan de crecer en esta Región?  

No viene al caso elaborar sobre casi diez años de metamorfosis de mi respuesta, pero sí contar lo que respondí en aquella ocasión y como veo hoy las cosas. Me parece –dije entonces- que es la combinación de dos problemas. Uno, que nuestras autoridades de salud, en su mayoría, desconocen trabajos recientes que muestran que la epidemia de obesidad es un problema sistémico (esto lo expliqué en mi charla como una combinación de urbanización acelerada, publicidad y consumo de comida chatarra, ciudades hostiles al peatón y al ciclista, tolerancia social al aumento de peso y la ruina de nuestra diversidad agrícola en manos de los monocultivos) y no uno de opciones personales.  Y en segundo lugar –agregué-, las autoridades de salud publica están ocupadas con otros problemas. 

Hoy mi respuesta sería mas o menos esta: existe un consenso científico de que los productos ultra-procesados[2] (PUP), antes comida chatarra, aun consumidos de manera modesta pero regularmente[3], causan aumento de peso, diabetes, síndrome metabólico y algunos cánceres. Además, el consumo regular de azúcar, ingrediente infaltable en miles de PUP, tiene graves consecuencias de salud que han sido estudiadas en los últimos 40 años (1) y recientemente han recibido confirmación científica en revisiones sistemáticas de docenas de estudios y en experimentos como los reportados por Robert Lustig (2) y Kimber Stanhope (3).  

Pero no es solo eso.  Los PUP también son muy convenientes (no hay que cocinar), ofrecen gratificación instantánea, son adictivos, tienen un mercadeo y publicidad multimillonarios, y su consumo se ha masificado en muy corto tiempo.

¿El resultado? Primero, que las enfermedades antes mencionadas dejaron de ser eventos ocasionales o asunto de viejos, para alcanzar una escala epidémica. Segundo, se puso en marcha un progresivo desplazamiento de los alimentos naturales, la comida de casa y las culturas culinarias de la Región; y por último, tanto la producción como los empaques de PUP contribuyen significativamente a la contaminación ambiental. 

Una contabilidad seria que incluya esos costos asociados al consumo de PUP (llamados “externalidades” por los economistas), pondría la hoja de balance en rojo y haría risible el frecuente reclamo de las corporaciones de PUP, de que su industria es “pieza clave para el desarrollo” de nuestros países. 

Lo anterior, sin duda, tiene consecuencias practicas en política publica. La primera, es admitir que nos encontramos frente a una nueva “epidemia comercial,” similar a las ocasionadas por el alcohol y tabaco (4, 5) y que demanda una estrategia efectiva para frenarla. Tal efectividad dependerá, tanto de medidas regulatorias al mercadeo de los PUP (impuestos, menos publicidad, información transparente al público etc) como también de medidas promocionales a la alimentación saludable, la agricultura de alimentos y el acceso a los mismos. El Grafico 1 muestra como el nivel de desregulación de los mercados nacionales esta fuertemente asociado al mayor consumo de PUP. Esperar o mirar a un lado, no son opciones cuando esta nueva epidemia comercial alimentaria es responsable hoy en día, de más de 18 millones de muertes anuales –7 millones más que el impacto combinado del tabaco y alcohol—, la mayoría de las cuales ocurren en países de medianos y pobres ingresos del Sur globalizado (6).

Grafica 1.  Ventas al menudeo anuales per cápita de alimentos y bebidas ultraprocesados en función de la desregulación del mercado en 74 paises, 2013. Con permiso de: OPS, Alimentos y bebidas ultraprocesados en América Latina: tendencias, efecto sobre la obesidad e implicaciones para las políticas publicas, Washington DC: OPS, 2015

 

Hace una década, mi respuesta pintó un mosaico complejo e inorgánico con culpables múltiples, y definitivamente poco útil para actuar desde una perspectiva de salud pública. Entonces, no tenia claro cual era el motor de la epidemia alimentaria, es decir, aquellas dinámicas de escala continental y nacionales capaces de convertir la obesidad de problema de unos cuantos a pandemia hemisférica, entre 1990 y el 2005 (Grafica 2). Es un sinsentido creer que decenas de millones de ciudadanos habrían decidido comer mal y dejar de hacer ejercicio de manera sincronizada.  Por eso, la explicación de la obesidad como un asunto de decisiones personales es tan absurda como sostener que los terremotos son el resultado de nuestros pecados.

¿Siguen las autoridades de salud “distraídas”?

No, claro que no. Hoy en día es imposible usar el termino “distraído” ya que las epidemias de obesidad y mala alimentación dejaron de ser temas reservados a los expertos. Hoy también están en la conversación pública cotidiana, bien sea en casa como en los medios de comunicación. En el 2011, además, las Naciones Unidas se encargaron de levantar en la agenda política global el tema de las enfermedades no-transmisibles (entre ellas las enfermedades de origen nutricional), y a la vuelta de unos pocos años ya tenemos en varios países de este hemisferio donde autoridades de Salud Pública, líderes civiles y legisladores están encarando el problema con convicción, implementando políticas inteligentes y alcanzando buenos resultados. Pero estos son aun minoría. 

Grafica 2.  Ventas al menudeo anuales per cápita de alimentos y bebidas ultraprocesados en 13 países latino-americanos, 2000-2013.  Con permiso de: OPS, Alimentos y bebidas ultraprocesados en América Latina: tendencias, efecto sobre la obesidad e implicaciones para las políticas publicas, Washington DC: OPS, 2015

 

Hay alimentos buenos y productos ultra-procesados

El concepto de qué es comer bien, nunca ha sido más claro y consensuado. Se trata de una alimentación diaria basada en alimentos, principalmente plantas (p.e. frutas, verduras, legumbres y granos), consumo moderado de lácteos, y bajo consumo de carnes rojas y procesadas, dando preferencia a huevos, pescados y aves.  A estos principios se puede agregar el consumo preferente de aceites mono- y poli-insaturados, y un moderado consumo de alcohol. Estas pocas líneas describen lo que es la base de las recomendaciones actuales de alimentación saludable en el mundo y lo que las más celebradas culturas culinarias usaron como ingredientes básicos por miles de años de exitoso desarrollo (1, 7, 8). 

Tales conceptos en esencia enfatizan el valor de los alimentos enteros y de patrones alimentarios, por encima de nutrientes o micronutrientes aislados. Coincide también con el concepto de sinergia alimentaria, según el cual, el fracaso –en los últimos 60 años- de intentar convertir vitaminas y minerales aislados (consumidos en cápsulas) en la panacea de una buena alimentación y salud, se debe a que micronutrientes y otras sustancias bioactivas, al interior de los alimentos, juegan en realidad un rol concertado y sinérgico –y no aleatorio- que se desarrolló en el proceso evolucionario hasta dar forma final a los alimentos que conocemos (9).  

Pero a las recomendaciones de alimentación que abren esta sección habría que agregar una muy importante y relevante en la actualidad: evitar el consumo de productos ultra-procesados. Esto, no solo por tratarse de productos comestibles desbalanceados y de nulo valor nutricional, sino porque su agresivo mercadeo está desplazando a los alimentos y la cocina en muchas partes del mundo, (8) y en particular en las Américas (10, 11, 12).  

La respuesta de las corporaciones transnacionales de productos ultra-procesados

Los representantes de las transnacionales de PUP han hecho todo lo posible, para impedir que las guías nutricionales de cualquier país aludan a sus productos con palabras como disminuir o evitar su consumo y/o que los PUP sean objeto de restricciones publicitarias e impuestos. Estas medidas son percibidas por la industria de PUP como una amenaza, tanto a la imagen de la empresa como a la viabilidad comercial de sus productos. Y en esencia, ese es el emblemático Plan A de las transnacionales de PUP y sus representantes, el cual descansa principalmente en su intenso lobby político y reclamo, cada vez más insistente, de que su industria es clave e imprescindible para el crecimiento económico y el empleo en nuestros países. 

La segunda línea de artillería dentro del Plan A, es poner en duda los resultados científicos que les son adversos y comprar estudios e investigadores adictos.  No hay duda que esto lo han copiado del libreto usado antes por la industria del tabaco, con los resultados que conocemos (13) y de la industria del petróleo, que se ha pasado años negando la contribución de la actividad industrial al calentamiento global. (14)  

Pero tienen también un Plan B.  Este consiste en no eludir el tema de alimentación y salud, y declarar que ellos pueden contribuir a mejorar sus productos con reformulaciones o fortificación y hasta no hacer publicidad dirigida a menores. Este plan les ha permitido, hasta hoy, aparecer ante la opinión pública como preocupados, aunque en realidad están listos para impedir cualquier cambio regulatorio y a defender sus negocios aun a costa de la salud publica, como lo han hecho en Estados Unidos, México, Argentina, Ecuador, Chile, Perú, Colombia, Brasil y otros países (15). Esa cruda realidad la empezó a deshilvanar hace un par de años, el investigador periodístico y Premio Pulitzer Michael Moss, en un celebrado trabajo sobre las transnacionales de los PUP, llegando a esta conclusión (16):

“Casi todos los cientos de químicos, técnicos en alimentos, ejecutivos de marketing, presidentes de directorio y lobistas de la industria (de productos ultra-procesados) que entrevisté para mi libro, dejaron en claro que las compañías no van a renunciar de manera real al azúcar, grasa y sal en sus productos, sin antes dar una dura pelea”. 

El Plan B de las transnacionales de PUP, todo así lo indica, es un mero acto de relaciones públicas. Lo confirma esta declaración reciente de la ONG de las industrias de PUP, el International Food and Beverages Alliance (17) en respuesta al llamado reciente de la OMS a acabar con la obesidad entre los niños (18): 

“International Food and Beverages Alliance –IFBA y sus miembros están profundamente comprometidos a ayudar a encontrar soluciones para la prevención y tratamiento de la obesidad en los niños. Muchas de las recomendaciones para nuestra industria contenidos en el Reporte [de OMS] –sobre formulación de productos; etiquetado nutricional y educación nutricional; restricciones a la publicidad de alimentos altos en grasa, azúcar y sal; y la promoción de estilos de vida saludables-, son las que nosotros hemos estado implementando por varios años (Traducción del autor)”. 

El Plan B ha sido y es, a falta de otra calificación, una estafa pública; y cada vez  menos, un plan. El fondo de las cosas es que no hay manera de mejorar los productos ultra-procesados –con cero valor nutricional- sustituyendo un colorante, reacomodando nutrientes, agregando vitaminas o metiéndolos en ultra-mini paquetes. La mona aunque se vista de seda, mona se queda, sentencia categóricamente el dicho. 

Hay luz al otro lado del túnel

Lo que alienta –y es lo mejor del panorama actual- es ver que la mayoría de los progresos relevantes en las Américas han remecido el Plan A de la industria. Ejemplos importantes son: las prohibiciones y restricciones de venta de PUP en las escuelas que ocurre en casi todos los países de la Región; los impuestos a los PUP establecidos en México y Chile, y pronto en las ciudades de  Berkeley y Filadelfia[4] y que ya se anuncian en otras ciudades de los Estados Unidos. También, el etiquetado frontal en los paquetes de PUP en Ecuador y Chile; las prohibiciones de publicidad que ya existen en Quebec, Canadá[5], pronto en Chile también y se anuncian acciones similares en Uruguay y Perú. Y por supuesto, tiene un lugar muy importante, la presentación oficial de la nueva Guía alimentaria para la población brasileña, que ha sido celebrada en todo el mundo. La Guía brasileña recupera el valor nutricional y de salud de los alimentos naturales, la importancia de cocinar y compartir comidas, e incluso, la valoración de las culturas culinarias tradicionales y la protección del medio ambiente (10).  Un paso firme en reconocer que la única fuente de información en salud publica no proviene solo de la experimentación y el laboratorio, sino también de la cultura y sabiduría ancestrales de nuestros pueblos. 

En esa misma línea se encuentran las posiciones y resoluciones oficiales recientemente adoptadas por la OPS y OMS, con el fin de parar la epidemia de obesidad, empezando con los niños (11, 18).  En ambos casos el mensaje es claro: no podemos desentendernos, esta epidemia hay que pararla y ya es hora de iniciar políticas regulatorias y fiscales efectivas contra los PUP.   

Mientras las experiencias descritas, consideradas “descabelladas” e “imposibles” por algunos, se abren paso y concitan admiración pública global, es cada vez más difícil para las autoridades de nuestros países optar por la omisión y sacrificar la salud pública que se les encomendó cuidar, para con convicción o a regañadientes, alinearse con la ideología del desarrollo económico como valor absoluto de nuestra sociedad.  Enfatizo, i-d-e-o-l-o-g-í-a, porque los números indican que dejar que progresen las epidemias nutricionales ya esta siendo económicamente catastrófico para millones de ciudadanas/os y pronto lo será para las cuentas nacionales.

Conflictos de interés: Ninguno

 

Referencias

(1) World Health Organization. Diet, nutrition and the prevention of chronic diseases. Report of a joint WHO/FAO expert consultation [Internet]. Geneva: WHO; 2003 (WHO Technical Report Series; 916). Available from: http://whqlibdoc.who.int/trs/WHO_TRS_916.pdf

(2) Robert H. Lustig, Sickeningly Sweet: Does Sugar Cause Type 2 Diabetes? Yes. Can J Diabetes 1499-2671, 2016. Articulo en prensa, accesible en: http://dx.doi.org/10.1016/j.jcjd.2016.01.004

(3) K Stanhope, J-M Schwartz and P Havel Adverse metabolic effects of dietary fructose: Results from recent epidemiological, clinical, and mechanistic studies. Curr Opin Lipidol, 2013 June; 24(3): 198-206. Doi:10.1097/MOL.0b013e3283613bca.

(4) El Instituto de métricas de salud y evaluación (Institute of Health Metrics and Evaluation) de Seattle (IHME) da cuenta que 14 de los 20 más importantes factores de riesgo de salud en la Region de las Americas (y que se asocian a las principales enfermedades no transmisibles), son atribuibles a lo que comemos, y que es principalmente: PUP, bebidas azucaradas y cereales refinados http://www.healthdata.org/research-article/comparative-risk-assessment-b...

(5) Moodie R, Stuckler D, Monteiro C, Sheron N et.al Profits and pandemics: prevention of harmful effects of tobacco, alcohol, and ultra-processed food and drink industries, The Lancet February 12, 2013 http://dx.doi.org/10.1016/S0140-6736(12)62089-3

(6) A Blanco, E Jacoby, M Monteiro, R Caixeta, B Smith, R Grajeda, and C Santos-Burgoa, Risk Factors in the Americas: The Sources of the Burden pp 23-30. En: B. Legetic, A. Medici, M. Hernández-Avila, G. Alleyne and A. Hennis (editors) Economic Dimensions of Noncommunicable Diseases in Latin America and the Caribbean, Pan American Health Organization, Disease Control Priorities 3, 2016

(7) Trichopoulou A. and Langiou P. Healthy Traditional Mediterranean Diet: An Expression of Culture, History, and Lifestyle, Nutrition Reviews, 55, 1997, pp. 383-389

(8) FAO, International Symposium on Biodiversity and Sustainable Diets, Rome, FAO, 2010.

(9) Jacobs D, Tapsell, Food Synergy: The Key to Balancing the Nutrition Research Effort, PHR, Vol 33, No2, 507-529, 2012

(10) Ministerio de Salud del Brasil, Guia alimentaria para la población brasileña, Brasilia 2015   (Acceso: 14 junio 2016: http://bvsms.saude.gov.br/bvs/publicacoes/guia_alimentaria_poblacion_brasilena.pdftaria)

(11) OPS/OMS, Plan de acción para la prevención de la obesidad en la niñez y la adolescencia, 2015  (Acceso: 14 junio, 2016: http://www.paho.org/hq/index.php?option=com_docman&task=doc_view&Itemid=270&gid=28899&lang=es

(12) OPS/OMS, Alimentos y bebidas ultraprocesados en America Latina: tendencias, efecto sobre la obesidad e implicaciones para las políticas publicas, ISBN 978-92-75-31864-5, 2015

(13) Brownell KD and Warner K. The Perils of Ignoring History: Big Tobacco Played Dirty and Millions Died. How Similar Is Big Food? The Milbank Quarterly. 2009;87(1):259-294. doi:10.1111/j.1468-0009.2009.00555.x.

(14) Michaels D. Doubt is Their Product: How Industry’s Assault on Science Threatens Your Health, Oxford University Press, 2008.

(15) Jacoby E, Rivera J, Cordero S, Gomes F, Garnier L, Castillo C, Reyes M. Standing up for Children's Rights in Latin America. World Nutrition, November 2012, 3, 11, 483-516.

(16) Michael Moss, Salt, Sugar and Fat: How the Food Giants Hooked Us, Random House, New York, 2013

(17) The International Food & Beverage Alliance (IFBA) Statement on the World Health Assembly Decision on the Report of the Commission on Ending Childhood Obesity. 29 de Mayo, 2016 . Acceso: https://ifballiance.org/wp/wp-content/uploads/2016/05/IFBA-Statement-on-ECHO.pdf

(18) WHO, Report of the Commission on Ending Childhood Obesity, 2016 http://apps.who.int/iris/bitstream/10665/204176/1/9789241510066_eng.pdf

 


[1] Ex Asesor Regional de Nutrición de la Organización Panamericana de la Salud. Ex viceministro de salud.

[2] Los PUP son formulaciones químicas industriales que contienen entre 4 a 15 o más ingredientes, con mínima o ninguna participación de alimentos naturales.  Utilizan sustancias extraídas de alimentos como almidones refinados, proteína de soya o caseína; sustancias sintetizadas a partir de esas mismas sustancias como los ácidos grasos trans o el jarabe de maíz de alta fructuosa. Una parte importante de estas formulaciones son las combinaciones muy precisas de azúcar, grasas y sal, para darles gran palatabilidad y que se complementan con saborizantes y colorantes artificiales. Varios preservantes químicos, por ultimo, aseguran larga vida de almacén a los PUP (Ref.9)

[3] Las ventas anuales (consumo estimado en kilos) per cápita de productos y bebidas ultra-procesados (sólidos y líquidos) en Perú son de 83.2 kg, en México, 214 kg y EE.UU. 307.2 kg, y en los tres países ese consumo esta fuertemente asociado a sus tasas actuales de obesidad (Ref. 11)

[5] En Quebec está prohibida la publicidad (de cualquier producto) a los menores de 12 años.

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