22 Ago 2015

Agricultura familiar: una categoría inútil

En la anterior edición de La Revista Agraria, nuestro director, Fernando Eguren, analizó el concepto de agricultura familiar y los cambios ocurridos en los últimos años en las identidades de la población rural. En este número, el antropólogo Rodrigo Montoya reflexiona sobre este trascendental tema.
Autor: 
Rodrigo Montoya Rojas1
Fuente: 
La Revista Agraria - Julio 2015

Fernando Eguren —director del Cepes y de La Revista Agraria—, en su artículo «¿Campesino, indígena o agricultor familiar?» (LRA 174, junio de 2015), señala que la categoría agricultura familiar —promovida por las Naciones Unidas, que declaró 2014 como Año Internacional de la Agricultura Familiar, y que fue asumida inmediatamente en el Perú por el Ministerio de Agricultura y Riego a través de su Estrategia Nacional de Agricultura Familiar— es «útil», «aunque conlleva riesgos».

Agradezco la invitación para comentar su texto y decir que discrepo con Fernando porque se trata de una categoría propuesta para enmascarar o escamotear el problema indígena de fondo y los graves problemas creados por el neoliberalismo.

La marginación del concepto indígena

La categoría familiar es tan genérica, que es común a todas las sociedades del mundo desde hace 120 000 años, cuando apareció la especie Homo sapiens, cualquiera que sea su sistema de producción. A los tecnócratas de las Naciones Unidas especializados en temas agrarios (producción, productividad, tecnología y mercados de alimentos, etc.) ya no les gusta la categoría campesino, tampoco los campesinos indígenas, ni, menos, los indígenas propiamente dichos. Con su frecuente orfandad teórica y ceguera para no ver los problemas más allá de su superespecialización, acaban de descubrir la pólvora sirviéndose de la categoría agricultura familiar.

El campesino no es un individuo que trabaja y vive solo en el mundo. Tiene una familia, lo mismo que un obrero agrícola o uno de los mil ricos que tienen más de mil millones de dólares —que representan el 1 % de la población mundial— y cualquiera de los tecnócratas de las Naciones Unidas y del Ministerio de Agricultura peruano.  Los quechuas, aimaras, asháninkas y todos los indígenas de la Amazonía, de América Latina y del mundo tienen igualmente familias y trabajan con y para ellas. Pero las familias indígenas no están aisladas unas de otras; son parte de unidades sociales mayores, de comunidades, de territorios multiétnicos, multicomunales o multinacionales, en el sentido originario del concepto nación como sinónimo de un pueblo, una lengua, una cultura, una patria, una sangre (Arguedas), unos ancestros comunes, y no de un Estado nación que reduce la diversidad a un Estado, una nación inventada y deseada por el capitalismo en ascenso, una cultura, una lengua, un dios y un derecho.

Admitir el concepto indígena como lo han hecho con brillo y éxito otros funcionarios de las Naciones Unidas, tanto con el Convenio 169 de la OIT como con la Declaración Universal de los Derechos de los Pueblos Indígenas, supondría para los tecnócratas especializados en agricultura revisar toda su perspectiva teórica y reconocer que la tierra-territorio de los pueblos indígenas es, al mismo tiempo, vida, cultura, lengua, espiritualidad, fiesta, amor, alegría y política para defender la naturaleza y los bienes comunes frente a la voracidad del capitalismo. En otras palabras, supondría también admitir que lo indígena es un fenómeno social total, tal como lo sostuvo el antropólogo Marcel Mauss en 1924, en su célebre Ensayo sobre el don. De dos cosas, una: o tenemos una perspectiva de la sociedad como una totalidad contradictoria en movimiento, o seguimos con el cuento de la sociedad como conjunto de fragmentos sin historia según los ideólogos del capitalismo (Fukuyama) o, peor aún, como un sistema en el que todo funciona, como propuso el funcionalismo a mitad del siglo XX.

Desde otra aproximación, es útil e indispensable una especialización para entender mejor los fragmentos de la realidad, a condición de no perder de vista la totalidad contradictoria en movimiento. Ni el árbol ni el bosque como separados o independientes; bosque y árboles al mismo tiempo, sí. Importa menos la puerta de entrada; lo que cuenta es que por cualquiera de esas puertas tratemos de ver la realidad en su conjunto: a través de sus conflictos, moviéndose, cambiando, buscando horizontes diferentes.

Sobre categorías insostenibles e inviables

Al escribir estas líneas viene a mi memoria la noción de educación rural, impuesta en el Ministerio de Educación con el no declarado  propósito de desplazar a la educación intercultural bilingüe (EBI), reclamada por los pueblos indígenas y que en otro momento fue una propuesta del propio Banco Mundial. La ecuación urbano-rural fue una imagen de la sociedad europea en el viejo siglo XIX, una especie de primer dibujo que presentaba lo rural como lo no urbano.

Debajo de ese paraguas no eran visibles los pueblos-naciones-culturas-lenguas-patrias y sangres. Hablar hoy de una educación rural es un arcaísmo lamentable, teóricamente insostenible y prácticamente inviable. Ocurre lo mismo con esta tristísima «agricultura familiar».

En el artículo de Fernando Eguren se menciona que la categoría «agricultura familiar» «es útil en la medida en que por ser muy amplia permite orientar políticas generales hacia ese vasto universo de la población rural.  Pero conlleva el riesgo de ignorar que ese universo es muy heterogéneo...». No se trata de un riesgo. Por no tomar en cuenta las enormes diferencias (la heterogeneidad) entre esas familias agrícolas, los tecnócratas de la «agricultura familiar» ignoran la realidad indígena y creen que la categoría indígena no es útil precisamente para sus proyectos globales. Estamos frente a un nuevo ejemplo de la colonialidad del saber, precisamente para no ver, no aceptar, la diversidad y tratar de reducirla, de simplificarla, para manejarla y administrarla mejor. Ocurrió lo mismo con el concepto Estado nación, creado para imponer el Estado burgués y todos sus componentes e instrumentos dentro de un nuevo orden mundial, para acabar con la heterogeneidad de la realidad humana y de cualquiera de sus sociedades.

La heterogeneidad se impone porque es la realidad. Por ahí pasa uno de los saberes indígenas, originales e indispensables para entender y cambiar al Perú.

Nota
1 Antropólogo. Profesor emérito de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos

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